Hola gente, tanto tiempo!!!
Hoy amanecí, me senté a tomar mi desayuno e inmediatamente empecé a repasar todo lo que viví estos últimos años. A veces la vida va tan rápido que no nos deja procesar lo que atravesamos, y siento que eso me pasó. Desde 2020 hasta hoy ocurrieron tantas cosas que recién ahora me estoy permitiendo detenerme y reflexionar.
Viví casi dos años de silencio profundo cuando mi implante coclear se rompió. Dos años que no fueron solo silencio, sino también incertidumbre, angustia y trámites interminables. Fue volver al silencio que siempre conocí, pero de una manera distinta: esta vez era constante, sin pausas, sin momentos de ruido, sin la posibilidad de decidir escuchar. Ya no existía esa opción que antes me daba el implante, esa libertad de encenderlo y acceder al sonido cuando lo necesitaba.
Luego de esos dos años, sentí que el universo decidió recompensar tanta paciencia porque llegaron las buenas. Meses después de recuperar la audición, se abrió otra puerta enorme: la docencia universitaria. Entrar a ese mundo fue un logro que todavía me emociona. Estar rodeada de grandes profesores, aprender de ellos, crecer profesionalmente y saber que estoy donde soñé estar me llena de orgullo. Cada clase es un desafío.
Pero dentro mío sentía que no era suficiente. No quería volver a naturalizar el hecho de estar escuchando. Porque para mí escuchar no es algo “normal”. Nací sorda. El implante coclear no es un detalle menor en mi vida: es un milagro de la ciencia que me permite acceder a un mundo que no estaba hecho para mí. Antes tal vez lo daba por sentado. Después de todo lo que viví cuando el implante se rompió, entendí que no quiero volver a acostumbrarme sin conciencia. No quiero que escuchar sea algo común. Quiero vivirlo con gratitud.
Quiero escuchar todo. Incluso la música que no me gusta. Quiero aprovechar cada sonido, cada palabra, cada ruido cotidiano que muchas veces pasa desapercibido.
Por eso decidí animarme a algo que siempre me desafiaba: entrar a la academia de folclore DANZARES. Un espacio que me abrió las puertas a talleres y al ballet, y que me regaló algo inmenso: la posibilidad de bailar en público. Para muchos puede ser algo simple, pero para mí significa escuchar la música entre ruidos, concentrarme, confiar en mi cuerpo y en mi implante, y lanzarme al escenario con valentía.
Y ese dia pude. Pude bailar todas las coreografías, pude disfrutar, pude estar presente. Y se vienen más bailes, más escenarios, más desafíos que hoy elijo abrazar.
Todo esto me dejó una enseñanza muy clara: no normalicen lo que tienen. No normalicen caminar, escuchar, hablar, comer, correr, abrazar o bailar. Agradezcan lo cotidiano, porque ahí está la verdadera riqueza.
A veces creemos que nos falta mucho, pero cuando miramos con perspectiva entendemos que somos profundamente afortunados.
Hoy necesitaba escribirlo. Necesitaba recordármelo. Y quizás... recordárselo a ustedes.
Adjunto foto de ese día 💞




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